Por Silvano Cantú*

 

 

“The luckiest place on Earth”. Slogan del Casino Royale


“¡Ya basta de violencia!” demandan las víctimas del ataque en Monterrey y tantos otros que nos sentimos indignados ante los condenables hechos del pasado 26 de agosto en esa, mi tierra natal, y en Torreón, en Morelia, en Acapulco, en Juárez… en todo el país. Es lo más sincero que se escuchará sobre el tema, casi podríamos decir que es lo que dicta el sentido común (por poco común que sea). El resto es interpretación y simulacro de cacería de brujas. Para acabar pronto con el tema de quién es responsable de la inseguridad, la respuesta es sencilla: todas las autoridades en conjunto, y que vayan asumiendo su parte. En cambio, lo que ha imperado en los medios son los señalamientos de las autoridades entre sí, y la denuncia del deslinde federal, del gobernador ausente, del alcalde de los quesos altamente cotizados, del ex alcalde socio del casino, de la tristeza que habría de sentir don Eugenio Garza Sada si viera el desastre (FEMSA dixit), todo lo cual podría tener su dosis de verdad, pero inflándose hasta ocultar el sentir de la sociedad y, sobre todo, de las víctimas.

Cuando me enteré de lo ocurrido consulté a familiares y amigos. Todos, invariablemente, me hablaron de un sentimiento generalizado: tristeza. Lamentablemente en pocos noté indignación o voluntad de hacer “algo”. La sociedad regiomontana manifestaba aquellos días un doble síntoma: por una parte, la sensación de que la amenaza “entró a la casa”, como si sólo viniera del exterior, y por la otra, la culpa, como si sólo viniera del interior. Creo que las declaraciones del director de FEMSA, un capitán industrial, cuestionando qué ha hecho mal la sociedad de la Sultana del Norte cuando 4 de los 5 detenidos son originarios de la misma ciudad a la que hundieron en el shock, son de las pocas preguntas lúcidas que se han formulado hasta ahora. Falta ver si las respuestas tienen el mismo nivel de autocrítica y sinceridad.

Una vieja fórmula autoritaria parecería planteársenos como una solución fácil para una sociedad huérfana: cuidar el gallinero de la zorra poniendo a cargo al lobo. En Monterrey, acaso el ejemplo más claro de esto, desde hace meses mucha gente no denuncia delitos al Ministerio Público ni a la policía: llaman directo a la 7ª Zona Militar por asuntos que van del robo simple al secuestro. Nuevo León es hoy un gran laboratorio de militarización de la seguridad y la justicia penal: ahí rige de facto, y desde hace al menos unos 3 años, la Ley de Seguridad Nacional; el resultado es un incremento en todos los indicadores de violencia, incluyendo un rebote del 30% en homicidios dolosos. La seguridad se ha convertido en una especie de “soliloquio a dos voces” dominado por un solo guión: la competencia por la supremacía en la violencia. Echar más cucharadas de los mismos ingredientes. Mil 500 elementos de las Fuerzas Armadas marcharon a Monterrey en los días subsecuentes al ataque, y también mil 500 policías federales. Los cateos y detenciones en barrios populares pulularon, e incluso organizaciones comoCADHAC, de las pocas que han estado al tanto de las víctimas y la preservación de las reglas democráticas ante los hechos, han reportado ya incidentes de ejecución arbitraria en días recientes. Estas arbitrariedades y errores evitables no son nuevos en el New Wild East en el que se ha convertido mi tierra. Es un pastel de pólvora.

El esquema criminal de reventar la plaza sacrificando a inocentes es abominable y lo condenamos enérgicamente, no debe volver a ocurrir algo así. Pero para que esta condena unánime funcione como una verdadera garantía debemos actuar. El llamado a la unidad nacional que hoy convocan el gobierno, el empresariado, la alta jerarquía eclesiástica (muy atinada en su diagnóstico, por cierto) y la clase política en conjunto es, frente a la salvajez con la que se actuó, digno de atenderse, aunque se rompa tan pronto como resuene la diana electoral. La unidad nacional que urge – lo reconocemos – parte de la base de una autoevaluación sin dogmatismos ni aferramientos, comprometida con el respeto al derecho democrático y la garantía del derecho humano a la seguridad para toda la población. Por ello, el llamado a la unidad no puede quedarse en una mera unionitis coyuntural y declarativa que apueste a la perpetuación de un esquema de “guerra al narco” sin “guerra a la corrupción y a la impunidad”, en el que la fuerza reemplaza a la rendición de cuentas, los controles sobre el internamiento de armas desde el extranjero y la sanción de los cómplices del crimen que se ocultan tras el Estado o el mercado. La prioridad en este momento es instrumentar alternativas democráticas, consensuadas, no medidas desesperadas o más de lo mismo. Ya sabemos a lo que ello conduce y le decimos “¡basta!”

Sostener una política de seguridad que multiplica el número de víctimas y no cuenta con ningún mecanismo efectivo para reparar integralmente el daño infligido, y que no ofrece soluciones al desempleo, la falta de acceso a la educación y la descomposición del tejido social, es una forma larga de decir que en México el Estado en su conjunto (3×3) no combate seriamente a la delincuencia, sólo incrementa la violencia que a su vez incrementa los precios de las mercancías ilegales y, con ello, incentiva a los druglords a seguir luchando por la conquista de territorios. Es una apuesta muy riesgosa en la cual la sociedad es quien más pierde. Las insuficientes 25 sentencias condenatorias por lavado de dinero en 11 años son un botón de muestra de la urgencia de sustituir el actual enfoque, porque el corazón que nutre el cuerpo de la delincuencia sigue intocado. ¡Menos balas y más Estado democrático de derecho! El presidente dijo 2 días antes del ataque que no debíamos jugar a la ruleta rusa con las finanzas públicas, ¿por qué seguir haciéndolo con la seguridad?

La manipulación de la tragedia nos deja donde mismo (o peor): en la desprotección. Jugar a maximizar los réditos políticos que dejan 52 sensibles pérdidas y esta estela de destrucción es intolerable. Ante el desamparo, la gente poco a poco sale de sus casas y su letargo a las calles y plazas (una manta que leí incluía esta maravillosa frase: “ya nos quitaron los sueños, ahora despertemos”); en ese tenor, como viene pasando en los últimos meses de manera creciente, la sociedad se organiza, exige paz, se reúne a pensar y discutir alternativas, discute las herramientas jurídicas y políticas disponibles (ahí está el nuevo bloque de constitucionalidad en derechos humanos, la caja de herramientas racionales y democráticas para ponerle un “hasta aquí” a todo esto); se repudia al unísono la violencia, el pueblo alza la voz y corea ante el Cerro de la Silla, y en Chiapas, en Juárez, en Guadalajara, en el Ángel de la Independencia, en el ciberespacio: “Monterrey, no estás solo”, México no estás solo. ¡El soliloquio a dos voces se acabó!

* Director de Incidencia e Investigación de la CMDPDH

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