Día ocho de excavaciones, la rutina se ha asentado. Desde la mañana las acciones y movimientos ya son conocidos: llegar, observar, recibir a los familiares, disponer los materiales para el trabajo manual, observar, hablar, desentrañar emociones, observar, recuperar recuerdos.

El ambiente tiene una mezcla de cómoda cotidianidad con creciente desilusión. Si bien los familiares disfrutan la convivencia, el acompañamiento mutuo, las conversaciones, también se hacen más y más patente la tristeza y frustración por no encontrar nada. “Esto es cansado… y triste”, comenta alguno de los familiares, porque más que ver estas diligencias como un espacio efectivo de búsqueda de verdad y justicia, es vivido por la mayoría como una situación de tremendas exigencias emocionales que deriva en un fuerte desgaste físico y psíquico.

En la zona 1 se da por terminada una de tres trincheras, cerrando otra puerta más de búsqueda; mientras tanto, en una de dos trincheras de la zona 4 (zona ampliada) se encuentra una moneda de 1979 a 26 centímetros de profundidad, indicio que si bien nos acerca a la época de las desapariciones no puede aportarnos mayor información ni genera mayor revuelo entre los familiares.

Con lo sucedido hasta el día de hoy, reiteramos lo que hemos reflexionado en días anteriores: un proceso de búsqueda de personas desaparecidas forzadamente no es algo sencillo ni rápido. Además requiere, necesariamente, del sustento de una investigación firme, profunda, comprometida y respetuosa con los cientos de familiares que continúan buscando a sus seres queridos. No se trata de “excavar por excavar” para “dar en el gusto” a las familias, para que “se vayan satisfechos” de que las cosas se hicieron con profesionalismo, de que las autoridades están “destinando todos los recursos necesarios en cada diligencia” o que están haciendo “todo lo posible para dar cumplimiento a lo ordenado por la Corte Interamericana”. O sea, no para encontrar a los desaparecidos sino para buscar a una sola persona por orden de un tribunal internacional porque no les queda de otra.

Sin una base sólida dentro de las investigaciones las buenas intenciones quedan en eso, e incluso corren el riesgo de convertirse en situaciones que terminan siendo revictimizantes para los familiares, perdiendo el potencial reparador que podrían tener.

Igualmente, estas buenas intenciones requieren ir acompañadas de una comprensión adecuada de los temas relativos a la desaparición forzada de personas, el actuar de las fuerzas armadas, violaciones a derechos humanos, avances y estándares internacionales de búsqueda e investigación. Desgraciadamente, observamos una vez más que esta preparación no se da en las autoridades, que el discurso queda en eso, palabras bien aprendidas sin mayor contenido.

Por otro lado, no todo es tristeza e impotencia contenida, aún con la frustración y cansancio los familiares siguen llegando, alcanzando a superar las 30 personas por día. Las hijas de Rosendo Radilla continúan también presentes, relevándose por periodos, acompañándose entre ellas y acompañando el proceso de todos los familiares. El punto de mayor encuentro ha sido el trabajo manual, coordinado por al área psicosocial, donde a través de la creación de dibujos y bordados han emergido todas las emociones y recuerdos. Los trabajos, elaborados en un ambiente de, memorias, tristezas y silencios, son hermoso y al mismo desgarradores. Es otra forma de llegar al sinsentido que genera la desaparición forzada y que nos muestra y nos conecta con el dolor de cada uno de los familiares, pero también con la tremenda fuerza que mantienen para seguir adelante, así como con la esperanza rebelde y porfiada de encontrar a sus seres queridos.

Share This

Comparte

Comparte este post en tus redes.

Shares
A %d blogueros les gusta esto: