En el penúltimo día de diligencias la jornada da inicio con bastante movimiento. Por un lado, desde temprano las autoridades anuncian que el proceso de excavación culminará alrededor de medio día y que para la última jornada solamente se dedicarán a tapar las trincheras abiertas en estas semanas. Entre los familiares se nota la desilusión, así como la rabia por la cercanía de un nuevo cierre sin resultados positivos.

Las emociones se revuelven más durante la tarde, en el recorrido final que da término a las excavaciones. Los peritos anuncian que han ubicado un cambio en la coloración del terreno cuya forma da a pensar que no se trata de un cambio natural sino que parece un declive o zanja creado por el ser humano. En dos de las tres trincheras de la zona 4, zona ampliada, se puede observar claramente la marca de tierra, dándole sustento a los testimonios que hablan de esta zanja y sacando de la fantasía lo dicho tantas veces por los familiares.

Este anuncio reabre la esperanza pero, al mismo tiempo, incrementa la rabia y la impaciencia, así como los obvios cuestionamientos: ¿porqué, si ya encontraron indicios de la existencia de la zanja, no siguen excavando?, ¿dejarán de buscar a nuestros desaparecidos sólo porque ya se les acabó el tiempo?, ¿tendremos que esperar otro año más de burocracia para que se vuelvan a ordenar nuevas excavaciones?…

El reclamo es duro y persistente, aún con las explicaciones de las autoridades. Las respuestas de los especialistas son razonables, algunas, y aunque los familiares finalmente ceden la sensación que queda es de trabajo dejado a medias.

En contraste con lo anterior, el día se llena de energía con la visita de los/as estudiantes de la Preparatoria N° 22 de Atoyac, quienes llegan desde temprano, en tres grupos, acompañados de su maestro de historia. Si bien la convivencia con los familiares es corta por las limitaciones propias del periodo de clase, los y las jóvenes tienen la oportunidad de escuchar la historia, su historia, no sólo desde la voz de las organizaciones y especialistas sino, además, de sus propios/as protagonistas: hombres y mujeres de Atoyac, que vivieron el terror de la represión, la fuerza de las luchas campesinas y que han visto su comunidad crecer y cambiar a través de los años.

El maestro advierte que este es el primer paso que quiere dar para enseñar a sus alumnos/as lo que pasó en Atoyac, “porque quien no aprende de su historia está condenado a repetirla”. Los familiares se alegran con la presencia de los jóvenes aunque esta los confronta, también, con la cercanía de la muerte, “que bueno que vengan, que conozcan, porque son ellos quienes van a tener que seguir la lucha, nosotros ya no podemos hacer lo que hacíamos antes, nosotros ya nos estamos muriendo”…

La unión de las mantas continúa con la ayuda de todos/as y avanza rápidamente, de todas formas, hay familiares que continúan en sus proceso individual, haciendo más pinturas y bordados, pareciera que aquello que se abrió a través de la expresión no está listo para cerrar aún. Unas mantas son sencillas y contundentes, otras involucran una gran elaboración de detalles, en todas, sin embargo, se observan tremendos procesos de recuerdo y se nota la espera y el dolor, así como la esperanza de encontrar a los desaparecidos.

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