«La verdadera política se construye en la calle»

La defensa de los derechos humanos está plagada de gestos y habitada de vidas, como este libro de rostros. Personas normales, con vidas propias, a las que un episodio las marcó, las hizo almas inquietas. Ya no fueron las mismas. Fueron tocadas por una experiencia. Se convirtieron en testigos. La injusticia les despertó la indignación al ver la

voracidad de unos encima de otros, la amputación de derechos, las leyes de los más fuertes. Decidieron intervenir. Cuidar a otros. Y casi sin saberlo, y siempre sin planearlo, se estrenaron como defensoras y defensores de derechos humanos. En cuidadores de los demás.

La conciencia ya nunca les dejó de punzar. Su voz tan preñada de verdades se hizo incó- moda. Para otros se convirtieron en enemigos (su causa les resultó intolerable). Todas, todos, recibieron amenazas. Podían haberse escondido en casas tapiadas, tras cercas y barrotes, poner varios países de por medio, sacri car la voz, o quedarse en el cómodo lugar de la indiferencia. Pero decidieron seguir. En el cálculo que nunca se hace de la lucha por la dignidad de todos valía la pena arriesgar el propio pellejo.

Cada uno, cada una, representa un derecho negado, prohibido, pisoteado. Encarna esa peligrosa labor de quitarle espacio a la muerte. Están reunidos en este libro, y sus miradas nos interpelan desde sus retratos. Tienen nombre. Se llaman Alejandra, Alberto, Irina, Jesús, Maricarmen, Mariano, Tere, Miguel Ángel, Silvia, Hermelinda, Julio, Nadin, Armando, Nélida, Raúl, Apolonia, Elsa, Juan Carlos y María, Tita, Yésica, Meritxell, Alejandro, Claudia, Antonio, Leticia, Jorge, Eliseo, Altagracia, Silvia, Sara, Fernando, Bettina, Tomás, Isabel, María Luisa, Saúl, Jorge, Norma, Zuzana. No son solos, representan a muchos, a muchas más.

“Somos ciudadanos comunes y corrientes. Queremos felicidad para todos”, se les es- cucha decir cuando un entrevistador les pregunta de qué madera están hechos, qué hilos los tejieron. Son cualquiera, pero distintos a todos. Personas despiertas, atentas, transforma- das por la experiencia de los otros en quienes se reconocieron. Su vida está guiada por esa lucha por la dignidad, siguiendo las leyes de su corazón y desa ando el mandato del miedo. La vida en peligro les cobra un precio.

Si la voz de alguno se apaga todos perdemos algo de vida, un modo de ver, un color, la manera de estar en la tierra. Se extingue un río. Se pone en juego la risa de las mujeres, la inocencia de los niños. La posibilidad de escribir sin ser asesinado. Migrantes pierden la vida. Obreras terminan esclavizadas. Despojan territorios. Se pierden derechos a casarse, a cambiar- se de sexo, a hacer el amor sin miedo. Se deja de escuchar el lamento de la gente. Caducan las libertades. Si ellas y ellos son silenciados se extingue del horizonte lo posible. No quedaría quien denuncie lo que pasa y anuncie cómo la realidad puede ser cambiada. Si ellos y ellas no están la vida pierde terreno. Porque son ese antídoto contra el veneno que va invadiendo la sangre de este país. A nosotros nos toca cuidar a estas personas que nos cuidan. Cuidándolos a ellos, a ellas, defendemos nuestra felicidad. Y vamos avanzando en el camino de la construcción de dignidad. Ellas y ellos están también en nosotros. Sus historias no son de vidas ejemplares, sino ejemplos de conciencia. Que cundan.

Marcela Turati

«La respuesta ante las injusticias comienzan con la indignación»

La publicación «Rostros de la Dignidad» se realiza en el marco del proyecto “La protección a personas defensoras de derechos humanos a través de su capacitación y visibilidad” desarrollado por la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos, Peace Brigades International UK y Conexx – Europe.

Esta publicación se ha realizado con la ayuda financiera de la Unión Europea. El contenido es responsabilidad exclusiva de la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos, A.C. y en modo alguno debe considerarse que refleja la posición de la Unión Europea.

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